Ingen recogió con pesadumbre y padecimiento la fotografía que hace tan solo unas horas había arrojado al suelo y había contemplado en la oscuridad durante horas. Era el único recuerdo de lo que él antes era: su familia. Quedó estático, inactivo, contemplando la fotografía de su hija y su mujer. Estaba húmeda, destrozada por el uso que éste le había conferido, era su único consuelo en aquella celda de piedra.
La luz fue menguando a medida que el sol se ocultaba tras el horizonte. Ésto despertó a Ingen de su letargo, pasó la mano por la ya gastada fotografía, quería sentir por última vez el tacto de su mujer y su hija, la dulzura que ésto le provocaba, sin embargo no sintió nada. Suspiró dando fin a sus divagaciones, ya se oían los pasos del carcelero por el pasillo de arena compacta, el tintineo de las llaves atravesaba todo el recinto atemorizando a las ratas y los pequeños animales que pululaban por los espacios oscuros en busca de algún manjar abandonado.
La puerta de la celda en la que permanecía Ingen se abrió con un estruendoso alboroto, las bisagras chirriaron anunciando la sentencia del preso que residía en el calabozo. Un hombre entró y miró fijamente al cautivo esperando a que éste se levantara. Ingen no necesitaba ninguna orden, ya había entendido su destino, se levantó intentando ocultar su miedo y pesadumbre tras una ausente expresión de resignación la cual el carcelero pareció ignorar.
Una ráfaga de aire acarició el semblante de Ingen, el suspiro de la muerte que antecede a su acción, ocultar la vida tras una existencia. Éste es el momento en el cual el hombre cede ante su instinto de supervivencia, pierde toda fuerza y no es capaz de aferrarse a los sueños o deseos, los cuales ya ha abandonado. Ese es el único momento de verdadera libertad, momento en el que los pensamientos galopan a través de todos los recuerdos, sentimientos y emociones.
El instante en el que Ingen pisó el exterior de la celda dio salida a su rocín. Pudo recordar de lo que no parecía que iba a rememorar jamás. Aquella fría y apacible mañana en la que despertó junto a su mujer, abrazado a ella en perfecta conformidad y calma. ¿Cómo había conseguido llegar a una prisión tan recóndita como el Campo 1391? Tenía gracia... ese era el comienzo, el inicio de la tragedia que le llevó a estar atado y destinado a terminar su existencia en un total olvido.
Todo comenzó el día que, por alguna razón que todavía desconoce, dejó de apreciar la vida que llevaba. Esa misma jornada en la que comenzó a darse cuenta de que aquello lo cual hasta ahora le había importado dejó de significarlo todo para él. Quién lo iba a pensar, un frío domingo de invierno, el día que precede al comienzo y que significa el fin del entreacto en la vida cotidiana de un hombre. El día perfecto para el descanso, el día concebido a la familia, el día en el que algo, muy en el fondo de los sentimientos de Ingen, rompió.
Eran las seis de la mañana y, aunque Ingen no solía levantarse los domingos antes de las nueve, lo hizo. Fue directo al aseo arrastrando los pies por la moqueta que recubría el suelo. Encendió una luz que le pareció decadente y rompió su ritual matutino que implicaba salpicarse el rostro con agua fría quedándose esta vez perplejo ante el espejo. A medida que despertaba de su torpeza matinal iba analizando el rostro que residía inmóvil al otro lado del cristal. Con cada segundo que pasaba desdibujaba el interior de aquella faceta que antes solía reconocer, algo había cambiado en él. El atisbo de su mujer moviéndose en la cama fue la señal que le hizo despabilar. Abrió el grifo y dejó correr el agua para que se calentara mientras escuchaba el sonido de aquella chirriante caldera que un día prometió arreglar. Tan pronto como el vapor de agua comenzó a acariciar su semblante y nublar el espejo Ingen agarró una toalla que se situaba sobre la encimera y se la echó sobre el hombre derecho. Rebuscó los cajones en los cuales solía guardar las cuchillas de afeitar, tanteando en la oscuridad del invierno canadiense cada objeto hasta sentir el filo de la hoja. Embetunó su rostro con espuma mientras observaba su piel desaparecer bajo la capa de lo que parecía blanca nieve.

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