Fijó la mirada en la gran masa de agua que se extendía ante su ser, no encontraba el batir de las olas, la superficie del agua permanecía inmóvil. Se centraba en encontrar el fin de aquel mar sedoso con la vaga esperanza de vislumbrar una perturbación en la línea del horizonte.
Sin apenas darse cuenta, observó el trazado de la playa, estaba cubierto de una niebla ligera y suelta, semejante a una tela de araña. Comenzó a avanzar por el margen del litoral, sus pies se hundían en las rocas produciendo un crujido ronco y seco. Le daba la sensación de no avanzar por la infinitud de la playa.
A medida que recorría la costa la niebla se volvía cada vez más densa y estática, la sensación de humedad comenzó a invadir su cuerpo; el agua se condensaba en su rostro y en sus manos, en su ropa y en sus zapatos, el andar se hacía pesado. La visibilidad disminuía a medida que penetraba en el blanquecino manto. Jadeaba. La respiración se hacía más y más pesada. Los movimientos se tornaban toscos y lentos. Andar parecía imposible, la falta de aliento luchaba por derribar su cuerpo al suelo, pero él permanecía erigido contra toda adversidad. Deseaba dar media vuelta, pero algo le retenía: un pequeño presentimiento lo suficientemente fuerte para guiarle a la más absoluta perdición.
Súbitamente algo empujó su cuerpo y lo derribó sobre los guijarros. Todo el peso que hace unos instantes apretaba su existencia contra el mundo desapareció, inhaló tanto aire como le fue posible, llenando completamente sus pulmones.


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