En la mayoría de
los casos lo que distingue una vida plena de otra vacía es un ingrediente que
no forma parte de la remesa educativa, si no que surge de la mera naturaleza
del percatado: la confianza. Es de cierto modo humillante darse cuenta de
cuantos logros importantes no han sido fruto de un talento sin igual o de una
destreza inconcebible, si no de ese extraño flotar del intelecto que denominamos
“confianza”. Pero, ¿por qué es tan fácil carecer de ella?
Por desgracia
este hecho es un vestigio de nuestro pasado. Durante miles de años para la
mayor parte de nosotros no hubo oportunidad ni esperanza de conseguir
alguna. Éramos simples siervos y criados, y el instinto de supervivencia
(psicológicamente hablando) siempre consistió en agachar la cabeza y mantener
unas expectativas radicalmente bajas y humildes. Todos y cada uno de nosotros
aún arrastra esa traza del pasado, una actitud de obediencia y entrega que
amenaza nuestro espíritu dentro de esta época de “democracia moderna” tan
tecnológicamente superior.
Esa esperanza
puede amedrentarnos, puede hacerse sentir peligrosa, y esto es en parte debido
a los padres. Ellos nos bombardean desde pequeños con mensajes similares a “la gente
como nosotros” o “por quién me has tomado”. Pero a pesar de ello, deberíamos
sentir cierto grado de compasión al rememorar estos mensajes y sobre todo al
recordar de donde provienen. Eran y son una manera de protegernos, una estrategia
para ayudarnos a escapar de la humillación. La escuela
tampoco ayuda mucho, en ella se nos educa para ser “buenos niños y niñas”
y nos inculcan un sentimiento de seguridad hacia la autoridad. Pero quizás nos
hayamos pasado depositando nuestra fe en las instituciones vigentes y puede que
sea ello la causa de que hagamos lo que se nos diga con una obediencia no
premeditada.
Una importante
parte al madurar y convertirnos en adultos parece ser el hecho de aceptar,
aunque sea con resignación, la dolorosa intelección de que los mayores no
poseen todas las respuestas y que, por tanto, tenemos el derecho de transgredir
cierta parte de las normas establecidas para pensar las cosas de una manera un
poco más independiente. Para ello necesitamos aprender una forma de
desobediencia calculada, algo que puede ser duro y sorprendente después de
décadas de obediencia inculcada. Otra cosa que debemos practicar es la sospecha
constructiva, en este caso hacia la autoridad, un camino que se encuentra entre
la bifurcación del conformismo total y el escepticismo más radical.
Por si fuera poco
la confianza parece consistir también en cierta valentía por aceptar la
imperfección. Es tentador y atractivo embarcarse en algo solo cuando es
perfecto, sin embargo esto es a su vez el ultimátum a quedarnos en tierra. La
confianza consiste primordialmente en ser capaz de perdonar y olvidar los
horrores que uno mismo se plantea al zarpar hacia lo ideado.
Por último, la
muerte es un pensamiento también necesario. Deberíamos usarlo no para seguir
amargándonos, si no para asustarnos y con ello tomar parte en la acción. Y
nuestro miedo a fallar debería despejar el único peligro que realmente existe,
el peligro de no haberlo intentado nunca.

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